Creo que pocas veces me he detenido a pensar en el rojo, en la luz de este tono… hace algún tiempo las luces rojas significaban el tiempo exacto para robarle un beso a alguien. Esta vez, adquirió una memoria más en mi… ver un coche que amenaza con detenerse incrustándose en mi puerta (y por qué no pensarlo, en mi cuerpo), justo cuando la luz roja ha transitado a verde frente a mis ojos… no es una de las memorias más tranquilas que me han pasado, debo decir.
Románticamente algunos dicen que en esos momentos ves pasar tu vida en instantes… yo sólo ví pasar una frase frente a mi “¡ya valió!” seguida de un “¡pero estabas en rojo!”. Un tirón que jamás sentí, un impacto que jamás escuché… después de eso, toda la furia y el estrés acumulado de la semana de trabajo estallaron… reclamando algo que se antoja absurdo, el respeto a una pequeña, finísima luz roja que tintineaba sobre el toldo de mi auto.
Yo gritando, mi interlocutora nerviosa pedía que me calmara; pero más que de enojo, gritaba de miedo, gritaba porque algo en mí no entendía del todo lo que había pasado y estaba asustada… porque en ese instante comprendí la distinción que hace Kohlberg al hablar de distintos niveles de su teoría del desarrollo de la conciencia moral; gritaba porque comprendí que esa luz roja significaba algo para mi, una utopía en mi: el cuidado por el otro. Comprendí que ese encadeniamiento entre luces verdes, amarillos y rojos lleva en sí mismo la confianza que depositamos entre nosotros del cuidado de nosotros mismos… Comprendí que, al pasarte la luz, no sólo van los intereses de llegar rápida-furiosamente a cualquier destino, también va la indiferencia hacia el otro.
Es cierto, me sentí vulnerable, fragil ante las decisiones que toma alguien más y que irremediablemente me golpean, me sacuden, me sacan de balance… Aún hay un poco de esperanza; después del choque una plática tranquila, nerviosismo compartido, miedo respirado y suspirado en una misma acera por dos corazones distintos (bueno, por tres más bien, porque junto a ella viajaba su hermano). Quizás haya quedado algo… un indicio, un recuerdo, una memoria… que por pequeña y diminuta que sea, nos devuelva la importancia de una luz roja.
PB.
Pd. Daños colaterales: coche en el taller, una semana; uso de collarín, una semana; analgésicos y desinflamantes, dos semanas; la conciencia de ver a los amigos, a tu pareja y la luz del día, un amanecer más que se agradece y sí, en verdad que no tiene precio.